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¿A quién hace sonreír el nuevo Mundial? El sacrificio de la belleza ante la máquina de los 104 partidos

#World cup

El libreto que comenzó a escribir la FIFA

El Mundial supo ser un templo sagrado.
Cada cuatro años, treinta y dos naciones elegidas con celo se encontraban sobre el pasto para poner en juego un puñado de poesía y una vida entera de orgullo. No había lugar allí para la especulación ni la impureza: era el combate puro por la cima del mundo. Uno de los pocos territorios que le quedaban al planeta donde la emoción desnuda, la obstinación de los pueblos y las lágrimas de verdad no se podían comprar con monedas.

Pero llegó el 2026.

La fiesta que se prepara en América del Norte se dispone a dinamitar aquel ciclo perfecto de un mes y sesenta y cuatro partidos que habíamos amado desde niños.
Cuarenta y ocho selecciones. Ciento cuatro batallas. Una inflación que desafía todo sentido de la cordura.
Cuando vi por primera vez el nuevo formato parido por las oficinas de la FIFA, no sentí entusiasmo por el futuro, sino un frío estremecimiento de desencanto.

Era la sensación amarga de ver cómo la pureza del juego es devorada por las fauces insaciables del negocio.

¿Por qué asumen semejante riesgo? ¿Para qué trastocar las raíces de la fiesta más hermosa de la tierra?

Detrás de este apetito descomunal, ¿qué fábula está tejiendo el poder del fútbol? Estamos parados frente a la encrucijada más dramática en la historia de los Mundiales.

El Mundial metamorfoseado: Del 32 al 48, el imperio de la cantidad

El cambio más rotundo que nos espera en 2026 es el salto de 32 a 48 participantes.

Y con ese salto, los partidos se disparan de 64 a 104. Un mes y medio de travesía interminable, con choques a muerte cada tres días.

Esto ya no parece una cumbre para consagrar la belleza y el arte de la pelota, sino una despiadada guerra de desgaste donde ganará el que consiga no caer desplomado de fatiga.

Basta mirar las cifras desnudas para entender la desmesura:

Aquella armonía clásica de ocho grupos de cuatro salta por los aires.

Desde 2026, doce grupos de cuatro poblarán el cuadro. Y de allí clasificarán los dos primeros de cada zona más los ocho mejores terceros, inventando unos dieciseisavos de final que desbordan el sentido común.

Esa red de seguridad para los terceros clasificados le quita el filo a la navaja. El dramatismo asfixiante de la primera fase —donde un mal despeje condenaba a una patria al llanto— corre el peligro de transformarse en una cómoda antesala de entrenamiento.

Acaso aquel aire de tragedia pura, donde un segundo bastaba para perder el paraíso, no vuelva a respirarse jamás.

El desgaste que empieza antes de jugar: Eliminatorias domesticadas

El veneno de la abundancia no espera a la inauguración: se inocula desde las mismísimas Eliminatorias.

El camino para llegar a la cita se ha vuelto un laberinto interminable, diseñado para exprimir cada gota de retransmisión televisiva.

La voracidad de la FIFA devora la salud física y el alma de los futbolistas mucho antes de que pisen el continente americano.

En Asia (AFC), la ronda final pasó de 12 a 18 seleccionados, y se inventó una cuarta fase para raspar los últimos boletos, alargando los viajes y los calendarios hasta el delirio.

¿Dónde quedó la crueldad sublime de noches como la "Tragedia de Doha", donde un minuto de silencio dejaba a un país arrodillado de dolor?

Al ensanchar las compuertas, las eliminatorias dejan de ser una batalla a vida o muerte y se convierten en un trámite para no caerse. Se pierde la escasez, y con la escasez, el valor del oro.

Celebran los países medianos que ahora entran sin sufrir; pero para los futbolistas de élite, que sostienen sobre sus espaldas el peso del espectáculo mundial, es una condena a galeras.

Explotados hasta el límite en los campeonatos de Europa y América, volando sin tregua de un hemisferio al otro, llegarán al Mundial con los músculos rotos y el corazón exhausto.

Queremos ver a los artistas en la plenitud de su vuelo, no a un batallón de sobrevivientes que arrastran los pies por puro deber de contrato.

Las puertas que se abren: Un mapa desfigurado por el mercado

El reparto de las nuevas plazas redibuja la geografía del fútbol, dejando al descubierto qué clientelas desvelan a los dueños de los despachos:

Las eliminatorias sudamericanas, que eran la guerra civil más apasionante del planeta, pierden su vértigo trágico. Y hasta los repechajes se convierten en torneos inflados de seis naciones.

La FIFA busca lo suyo: facturación estratosférica, derechos de televisión que marean y balances resplandecientes. Pero a cambio de engordar las arcas, despoja al Mundial del halo sagrado que lo hacía único.

Estamos sacrificando la magia de lo irrepetible en el altar de la producción en serie.

La tiranía de las distancias en un continente colosal

A la locura del calendario se suma una pesadilla geográfica: jugar un Mundial desperdigado por la inmensidad de tres países norteamericanos.

Miles de kilómetros de costa a costa, husos horarios revueltos, cambios violentos de temperatura y altura. Jamás un torneo sometió el cuerpo de los jugadores a semejante calvario.

Apenas termina un partido, hay que treparse a un avión. Los músculos se anquilosan entre el aire acondicionado y la presión de la cabina, el reloj biológico se desarma.

Mantener la lucidez y el brillo en tales condiciones roza lo biológicamente imposible. ¿Cuántos miles de kilómetros acumulará en sus piernas el equipo que llegue a la final? Asusta pensar que la fantasía del fútbol termine asfixiada por la pesada rueda de la logística.

¿Quién sonríe? Los verdaderos dueños del juego, olvidados

Multiplicar partidos, engordar los contenidos, inundar las pantallas a toda hora.

Mientras tanto, los boletos alcanzan precios de locura, dejando a los hinchas de a pie mirando la fiesta desde la vidriera, incapaces de pisar la grada.

Tanto el artista que juega como el devoto que alienta parecen haberse convertido en engranajes desechables de una maquinaria que no sabe detenerse.

Pero sería mezquino reducirlo todo a la codicia.

En el fondo de este plan mastodóntico late una ambición: llevar la pelota al último rincón del mundo, proclamarla el único idioma común de la especie humana.

Si este monstruo inflado es el precio inevitable para que el fútbol se vuelva universal, ¿debemos aceptarlo con resignación?

Más allá del laberinto: ¿Nos queda todavía la belleza?

Por eso no podemos callar. Tenemos la obligación de seguir preguntando.

¿Camina este gigante hacia la luz o hacia el vacío?

Al final del laberinto de la FIFA, ¿seguirá viva aquella llamarada sagrada que sentíamos de niños cuando pateábamos una pelota de trapo en el baldío? ¿Seguirá latiendo ese estremecimiento que provoca una gambeta genial que desafía a la física?

Si el destino final es sólo engordar los libros contables, el fútbol habrá muerto en silencio.

La homogenización del negocio amenaza con transformar un milagro poético en un producto enlatado más de las plataformas digitales. Ese es el mayor peligro: que el brillo sagrado del Mundial se diluya en la rutina anodina de ciento cuatro partidos.

En 2026 cruzaremos el umbral.

Veremos si el sueño megalómano de la FIFA conduce a una fiesta compartida o al desierto frío de la codicia.

La respuesta no estará en los despachos de Zúrich, sino en las gotas de sudor que caigan sobre la grama. Y como amantes incurables de este juego —como Fantaholics—, seguimos rezando para que, contra todo pronóstico comercial, la magia del potrero logre burlar a los contadores.

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